Es consternante la necesidad que tenemos del “otro” para poder definirnos o identificarnos. Esta relación o distinción entro nosotros y el “otro” permea diferentes áreas desde los estudios de género, el colonialismo, hasta la división de periodos históricos y culturales. Varias escuelas teóricas han abordado este tema, por ejemplo Simone de Beauvoir apunta como la construcción del género femenino está basada directamente en relación con el género masculino. La mujer es todo aquello que el hombre no es, es decir que lo femenino se construye a partir de lo masculino.
Por otro lado, tenemos la teoría de Edward Said, quien en su libro Orientalismo, señala acertadamente como hemos construido la visión del oriental en comparación al occidental. El que vive allá en el oriente es todo lo negativo, todo lo que nosotros no somos. Esta comparación nos “ayuda” a formar nuestra identidad, pareciera que para poder conocer quienes somos, nos es menester del otro.
Esta necesidad la veo tambien en la teoría de Freud y Lacan. Para Freud, el niño comienza a formar su identidad en cuanto su padre le niega el acceso a la madre, y según Lacan, el niño se reconoce cuando se ve en el espejo. Entonces, cada ser humano necesita al padre para poder posicionarse y identificar cual es su rol dentro de su entorno. Igualmente, el niño necesita de su imagen, que no es él mismo sino “otro”, para poder comenzar a construir su identidad.
Y este tipo de dicotomía tambien se puede ver en la manera que dividimos los movimientos literarios; el neoclasismo, se opone al romanticismo, luego tenemos la Ilustración que cuestiona al romanticismo, mas tarde tendremos el cuestionamiento del progreso por habernos llevado a los campos de concentración.
Todo este vaivén de ida y vuelta, de comparaciones, me inclina a preguntar, ¿Por qué necesitamos tanto del otro?
La chica bon bon.